martes, octubre 4, 2022
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Coliseo, el Teatro de los Gladiadores

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Teatro de luchas épicas entre gladiadores, entre hombres y bestias feroces e incluso lugar de batallas navales, el Coliseo es uno de los monumentos más visitados de Italia, gracias a su historia milenaria y a su arquitectura única.

Conocido desde la Edad Media como el Coliseo por la presencia de una estatua colosal en sus inmediaciones, el Anfiteatro Flavio se considera el símbolo de la ciudad de Roma. Todo eso gracias a su grandeza estructural, que le valió el título del mayor anfiteatro del mundo, pero también simbólico, reflejando el esplendor del Imperio Romano. Construido en travertino y toba no lejos del Foro Romano – el antiguo centro político de la ciudad – alrededor del siglo I d.C. a instancias de los emperadores de la dinastía Flavia y destinado a albergar espectáculos de gran atractivo popular, a lo largo de los siglos el edificio ha cambiado varias veces de aspecto y función.

¿Pero cómo y dónde vivían los gladiadores? ¿Dónde estaban guardadas las bestias feroces que se usaban para las amadas peleas y cómo el anfiteatro se las arregló para cambiar su cara y su escenario tan rápidamente? La respuesta está en el área debajo de lo que una vez fue el campo de batalla.

Bajo un suelo de mampostería y madera, cubierto de arena para absorber la sangre de las matanzas, de hecho, la arena ovalada tenía trampas y elevadores que comunicaban con el subsuelo y se utilizaban durante el espectáculo para levantar las jaulas que contenían bestias feroces. Los gladiadores, por otra parte, vivían en condiciones muy duras y se entrenaban en las llamadas «Escuelas de Gladiadores» situadas cerca del anfiteatro y accedían al Coliseo desde dos entradas monumentales.

Como se evidencia en los diferentes pisos del edificio, marcados desde el exterior por arcos y pilares de piedra, y por diferentes órdenes de pasos en el interior, la estructura del anfiteatro estaba dividida en clases sociales: cuanto más alto era el estatus, más cerca de la arena uno se sentaba. El emperador, los senadores y los miembros de la aristocracia local asistieron a las actuaciones desde una posición privilegiada, las antiguas tribunas. Al final de la lucha, si uno de los combatientes no había perecido ya en la batalla, era el propio Emperador quien decidía con una simple señal del pulgar, el destino del gladiador o del esclavo perdedor.

Con la abolición de los juegos de gladiadores y el fin del Imperio Romano, el Coliseo sufrió un declive gradual, hasta que fue utilizado en la Edad Media y el Renacimiento como una cantera de materiales. Precisamente a estas depredaciones de la piedra y los materiales preciosos, además del efecto del tiempo, debemos la apariencia actual. Su gloriosa historia y su magnífica silueta que destaca en el panorama romano no dejan, sin embargo, de seducir a millones de turistas cada año.

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